Taller #2 Noveno
Objetivo general
Leer y escuchar diversos textos
literarios para identificar los elementos más importantes de la estructura
narrativa y hacer un buen análisis literario
Objetivos específicos
Conocer diversos textos literarios de
autores hispanoamericanos
Identificar rasgos propios del cuento,
el tema y la forma de los textos literarios
Analizar algunas características de
la narrativa en general y del cuento en particular.
Reconocer una forma particular de
mirar la naturaleza
Materiales
Sólo puedes utilizar
material que tengas en casa. NO salgas de casa, cuida la vida y la salud
--Hojas tamaño carta (puede unir
varias hojas de cuaderno)
--Lápiz, bolígrafo y tijeras
--Revistas o periódicos para
recortar
Actividades
1)Leer y escuchar el audio de manera simultánea (si es
posible) de lo contrario sólo léelo
2)En el cuaderno responde las siguientes preguntas:
-¿Dónde se desarrolla la historia?
-¿Cómo es el ambiente y cómo es la vida en ese lugar?
-¿Cuál es la relación entre el hombre y la naturaleza?
-¿Qué función tiene el río?
-¿Quién narra la historia? ¿Tiene nombre?¿Coincide con un personaje? ¿Qué personajes aparecen? ¿Hay un antagonista? -¿Contra qué lucha el protagonista durante todo el relato?
3)Identifica el personaje principal
y copia, en el cuaderno, su nombre o cualquier expresión con la cual se pueda
identificar
4)En una hoja tamaño
carta, elabora un dibujo con el cual resuma el texto
literario
5)En una hoja tamaño
carta y con en esfero, elabore una reflexión sobre la relación
entre el sujeto el protagonista y el objeto deseado. (La vida) Tres párrafos
de cinco (5) renglones cada uno como mínimo
6)Al finalizar las actividades
tomarle una (1) foto al dibujo (será evaluada)
7)Al finalizar la actividad tomarle
una foto a la hoja de la reflexión (será evaluada)
Nota de validación: Al finalizar cada actividad el acudiente, o uno de los padres de familia,
debe firmar y colocar su nombre en cada uno de los trabajos con la fecha
respectiva
Nota: EN ASUNTO, Escriba: Apellidos, Nombre
y grado
El audio del cuento llegó a tu correo. Si no te ha
llegado escribe preguntando por él al correo viruswuhan20@gmail.com
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CUENTO
A LA DERIVA - HORACIO
QUIROGA
El hombre pisó algo
blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al
volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma,
esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz
ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y
sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la
cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo,
dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta
la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló.
Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo
el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la
picada hacia su rancho.
El dolor en el pie
aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre
sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado
desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con
dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le
arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho
y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta
desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía
adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se
quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a
lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un
vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto
alguno.
-¡Te pedí caña, no agua!
-rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino!
-protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua!
¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra
vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos,
pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo
-murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la
honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes
se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz
sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.
Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto
con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería
morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y
comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que
en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco
horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría
energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus
manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de
sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta
medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El
hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre
desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El
hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a
pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban
disgustados.
La corriente del río se
precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente
atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte
metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con
cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me
niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el
silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para
llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó
velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en
el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan
fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de
basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás,
la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en
incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él
un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma
cobra una majestad única.
El sol había caído ya
cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento
escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se
sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre
ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a
irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para
mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo.
Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y
con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna
ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera
también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El
cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte
dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de
azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en
silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río
de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el
borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor,
y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex
patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses?
Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que
estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la
respiración...
Al recibidor de maderas
de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un
viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró
lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
Fin
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